La literatura pulp son una serie de revistas Estadounidenses que fueron populares en esa nación hasta aproximadamente mediados del siglo pasado. La caratactrsítcica principal que le daba el nombre era el material; hecho a base de pulpa de árbol. Esto abarataba muchísimo el costo de cada una y por lo tanto permitía crearlo y venderlo masivamente.
A día de hoy internet no suple pero sí que puede fácilmente usarse de manera bastante similar. En plataformas como YouTube o wattpad podemos encontrar material escrito o audiovisual de diversa calidad en distintos ámbitos. Ese margen de "niveles de calidad" es amplio y cualquiera que haya usado ambas plataformas puede notarlo. Desde producciones que antaño estarían en televisión (con todo lo bueno y malo que eso implica) hasta pequeños y modestos creadores con poca edición que solo quieren compartir sus opiniones o ideas (presente).
Dicho esto. Este Post se trata de los prometidos cuentos que hace tiempo comenté. Son distintos relatos escritos a lo largo del tiempo, algunos más cuidados y revisados que otros, pero todos con una misma cosa en común; que son escritos por alguien que le gusta escribir pero que sabe la alta imposibilidad auténtica de vivir de ello. Sin embargo, mantener mis escritos acumulando polvo digital no es mi ideal tampoco, escribo para que alguien lea, naturalmente.
Ahora, aquí la breve recopilación de cuentos. Que el lector decida si la pulpa digital aquí moldeada merece ser simplemente olvidada y pudrirse, o preservarse por cualquier medio que se le ocurra. En cualquier cosa, espero disfrutes la lectura y gracias por leerme.
FakePortation
–Buenos días, ¿estas cosas son la máquina de la que habla? – Preguntó, señalando las mantas.
–Así es– retiró una, deslizándose por detrás de él. La figura metálica rectangular era de alrededor de casi 2 metros, con algunos cables sobresaliendo de la parte trasera, el brillo del sol se reflejaba en el plateado metal en la parte de arriba–Entras en la izquierda, y saldrás por la derecha–Quitó la manta de la máquina, ambas iguales en apariencia estética, pero distintas en funcionamiento.
–¿Cuál es el mecanismo que hace que funcione?
–El inventor soy yo, no puedo darte décadas de física de partículas para que comprendas eso, pagaste por vivir la experiencia, eso es todo.
–Está bien, ¿Entro ya?
–Dame un segundo.
El doctor fue a la parte trasera de una de las cabinas, presionando varios botones. La puerta se abrió al momento y las luces de dentro de la cabina se encendieron. Del otro, repitió el proceso. Luces de un tono rojizo en la izquierda, y verdosos en la derecha.
–Entra–Sacó de su bolsillo un control remoto.
El joven se encorvó para entrar y se sentó en el interior de la cabina. La puerta fue cerrada por el doctor con un rechinido y un golpe seco al colocar una clase de seguro. Se escuchó un sonido tenue de la otra compuerta. Los mecanismos del interior de las paredes empezaron a moverse, humo blanco empezó a llenar el interior. En menos de 15 segundos ya no podía ver nada. El humo poco a poco se fue disipando. Las luces que dominaban la cabina derecha, de tono verdoso, ahora gobernaban el ambiente. El rechinido de la puerta se escuchó; su primer paso ansioso a la puerta de afuera confirmó sus sospechas; ¡estaba del otro lado!
–¡Increíble! Pero no comprendo, ¿por qué no lo vende? Esto revolucionará la forma en que nos transportamos, ¿Tiene idea del cambio en el transporte que podría hacer?
–No es el momento indicado. Pasa la voz si gustas, pero recuerda, siempre sesiones individuales, no seas escandaloso, solo a personas cercanas.
Esa misma tarde, algunas llamadas se hicieron, todas para distintos horarios; 8 de la mañana, 1 de la tarde, 9 de la noche. Una mujer ofreció volverse inversora para financiar un sistema dentro de la ciudad. El doctor negró bajo la misma respuesta; No es el momento. Todo eran alabanzas e impresiones.
El sábado tenía contemplado tomarse el día, estaba muy cansado. Posó una mano sobre su espalda, necesitaba acostarse al menos un día entero, o una vida entera, pensó. Sin embargo, poco duró esta idea cuando un hombre, de alrededor de 72 años, quería vivir la experiencia. Negó por teléfono, sin embargo la insistencia fue tal que consideró bloquear el número; pero, el número con el que el anciano respondió fue tan atractivo, que fue inevitable negarse. “Solo uno el sábado, descansaré al fin”.
El sábado llegó. Ese día se sintió más paranoico de lo usual; revisó los alrededores, se preguntó si era buena idea hacer todo en la misma zona. Lo único que le impidió cambiar de zona era la pereza de llevarse todo el equipo. El anciano llegó; su traje se veía fino como ninguno que hubiera visto, bordado elegante y bien cuidado, con zapatos lustrosos y de piel auténtica. Se presentó como Charles, y entró a la cabina; repitió el proceso de ajuste y encendió el mecanismo.
El doctor se quedó recostado en el suelo; “Al menos este será más ligero que los demás” pensó. Abrió la cabina, retiró al anciano inconsciente y lo colocó en la cabina contraria. Cerró minuciosamente ambas cabinas, y abrió la llave del gas para despertar. Abrió nuevamente la cabina sonriendo y le dijo:
–Deposite a la cuenta acordada antes del martes por favor.
El hombre no contestó, no dió crédito a lo que vio. Miró la cabina del otro lado y se sentó nuevamente. Tomó aire antes de volver a levantarse.
–Señor Charles, ¿está bien? ¿Necesita atención médica?
–Mi sobrino me lo dijo pero no creí que fuera posible. Charles Bradbury Freeman, ese es mi nombre completo. Doctor, quiero hacer de su herramienta un negocio mayor.
El doctor quedó boquiabierto; Charles Bradbury fue hace varios años uno de los presentadores de programas más famosos en el país. La vejez no le había caído bien, pensó. No respondió nada por varios segundos; esta oportunidad no era como las otras, este hombre podía darle otra cosa que solo dinero.
–¿Qué exactamente tiene en mente?
–Para empezar, una prueba como esta a mayor escala.
–Acepto–Estrechó la mano del anciano, lo llamaría al tener preparativos listos.
–Lo necesitaré como máximo en tres meses, le daré una dirección y mano de ser necesario. Estimo entonces que nuestro show será el 26 de noviembre.
–¿Este mes de noviembre?
–No, del 75. Sí evidentemente el presente 1965, ¿O considera necesitar más? Le advierto que pierdo interés de forma muy rápida.
“¿Qué haré? ¿Qué haré? ¿Qué haré?” era todo lo que se preguntaba. Consideró la idea de lanzar gas de desmayo instantáneo a todo el público, pero no había forma en que no le afectara a él.
–Delo por hecho– Estrechó su mano, Charles notó el nerviosismo en el hombre, pero lo atribuyó a un pánico escénico.
La noche entera se desveló escribiendo y dibujando distintas ideas. Y una brilló entre las demás; lo vio claro, pero sería complejo.
Llamó a Charles para dar algunas indicaciones, la principal; debía hacer una severa actualización a la máquina. Charles recalcó el plazo máximo de 3 meses, él aceptó sin rechistar. Con la nada decepcionante suma de dinero de él, que aumentó tras el trato, no fue problema conseguir los elementos necesarios.
La fecha llegó, todo estaba preparado. Las cabinas se miraban; lustrosas y con líneas finas de luces que emanaba desde el interior como si fueran sus propias venas. En esta ocasión, tenían una interfaz que estaba en medio de ambas, una pantalla con múltiples opciones en un alfabeto desconocido; pues el doctor había inventado este en su juventud. Quien diría que le sacaría provecho ahora. Se encontraban en un teatro repleto de algunas de las personas más influyentes del país. Desde gente de la farándula, hasta políticos y activistas. Una fauna variada que le aseguraba influencia y reputación.
—¿Todo listo colega?
—Parece que sí—Dijo el doctor, acariciando su barba de los varios días en que apenas si se bañó– Déjalo en mis manos, solo presentame y haré el resto.
Charles, con su carisma habitual, se plantó ante el público con total elocuencia; contando anécdotas y chistes antes de presentar lo que importaba. Que era como, en una tarde hace poco, un inventó lo dejó sin aliento; un teletransportador. Dijo, a la par que el telón reveló la maquinaria futurista. Con el doctor, en la parte de enmedio, orgulloso de su creación.
—Una compleja e increíble máquina que funciona con energía de, espera, que tonterías digo, mejor veámoslo en acción. Doctor, hágalo– El doctor presionó un botón en la pantalla táctil del centro, que abrió instantáneamente ambas cabinas. Charles entró en la cabina de luces rojas. Otro botón más tarde, las cabinas se cerraron.
Ahora, venía la parte compleja; solo tuvo la oportunidad de probar esto una vez. Presionó los comandos correspondientes.
Dentro de la cabina, el gas adormecedor noqueó instantáneamente a Charles; seguidamente, un rayo fue disparado del techo que encogió a Charles a menos de 1 cm. El asiento donde estaba sentado se movió a toda velocidad a través del cable que conectaba ambas cabinas; todo esto en cuestión de segundos; finalmente, en medio del cable, ambas cabinas se vieron, con Charles inconsciente, y cruzaron, tomando el lugar una de la otra. Al llegar al otro extremo, otro rayo proveniente del techo regresó a Charles a su estado normal. El gas lo despertó al momento y, al toque de un último botón, las cabinas se abrieron.
El público aplaudió de forma mecánica: “un truco de magia barato”, fue la idea de muchos. Charles notó esto; tomó una dama del público. Una rubia voluptuosa que claramente estaba en la farándula por su gran personalidad. Entró a la cabina y se repitió el proceso; ella salió gritando de la cabina, instando a que todos dieran una probada del milagro de la tecnología. Uno tras otro, tras otro, lo hacían. Entraban y en cuestión de segundos, damas y caballeros de distintas edades y ocupaciones salían como por arte de magia al otro lado.
La noche fue un rotundo éxito. habían ganado poco dinero; pero una influencia inagotable.
A partir de ese momento, el doctor fue a muchos sitios a hablar y mostrar su creación. Eludía a toda costa a otros científicos, todo bajo la misma excusa; la fórmula es mía y de nadie más, no explicaré.
El espectáculo siguió durante meses, hasta que empezaron las quejas respecto a que la máquina, aún con lo impresionante que es, era lenta para ser “instantánea”. El doctor se tomó estas críticas con la mayor de las severidades, e implementó una mejora.
En vez de que el asiento se deslice sobre rieles, creó un mecanismo de movimiento bípedo casi perfecto que se movía a velocidades absurdamente altas, reduciendo el tiempo de llegada de cabina a cabina de 8 segundos a 2 segundos. Esto cerró la boca a los críticos.
Un día, tras un acto, el doctor gozaba de la fama y el dinero, pero sobre todo de esto primero, en una rueda de prensa. El tema principal era qué haría con esta invención, hasta que un joven, de aproximadamente 16 años, muy escandaloso, logró sobreponer su burlona risa por sobre todas las voces de los reporteros y fanáticos del doctor.
–No le creo nada, doctor–Dijo, sorbiendo bebida de una pajilla– No creo en su máquina, a no ser que esté dispuesto a dejarme probarla, justo ahora, así demostrará que no está todo guionado y ensayado.
La prensa guardó silencio, expectantes de qué respondería ante semejante reto. El doctor ajustó sus gafas, sin mediar palabras, se levantó y fue hacia la máquina, que se encontraba en el escenario, a un par de metros de la mesa donde se llevaba a cabo todo. Presionó los botones correspondientes e hizo una seña para que el joven entrara.
Sin soltar el vaso, el joven subió a la tarima. El doctor indicó que dejara a un lado la bebida que cargaba, puesto que podría resultar peligroso. Hizo caso dejando en el suelo el vaso. Entró a la cabina y las luces le incomodaban los ojos, del bolsillo interno de la chaqueta deslizó una botella de unos 25 centímetros que contenía alcohol, empezó a beber a medida que el humo escalaba desde sus pies hasta su cabeza; al quedar inconsciente soltó la bebida, la cual se derramó; la botella empequeñeció junto al joven, pero el líquido se desbordó y cayó por todos lados como lluvia contaminada, ya que mantuvo sus dimensiones, por lo que asemejaba a una inundación de alcohol.
El mecanismo del asiento se vio completamente mojado, humo empezó a manar de la máquina. Estela de humo blanco y negro se mezclaron dentro de la cabina, empezó su movimiento rutinario, pero el líquido arruinó completamente el sistema de frenos. Al cruzar el cable, de forma semi instantánea el rayo agrandador se activó, logrando devolver el tamaño promedio al sujeto; pero la velocidad era tan alta que destrozó la pared de la cabina como si fuera papel; un baño de sangre explotó en el exterior. Vísceras por todos lados. La conmoción de la multitud fue histórica; gritos por todos lados y llamadas.
Uno de sus colegas de oficio, periodista además, fue de inmediato a revisar lo acontecido. El doctor lo intentó detener, colocando sus manos y colocándose de puntas, pero bastó con ver por encima del hombro del doctor para darse cuenta de la verdad. Dedujo todo en un segundo. Se dirigió a la prensa para exponer que no era más que un fraude; usaba solo maquinaria y rebuscados sistemas para que pareciera teletransportación.
El sitio se quedó en silencio por varios minutos. El sonido de la ambulancia resonó a un par de metros; un civil del público, eufórico, empezó a aplaudir efusivamente. Todos, por inercia, empezaron a aplaudir. Le reconocieron como un genio incluso mayor por lograr la hazaña de encoger y agrandar. El cadáver del joven fue llevado para atención inmediata. Aunque había poco que hacer, se había hecho puré en el impacto.
El doctor fue juzgado ya que, aunque el público se posicionó de su lado, se siguió considerando un fraude, por lo que debió pagar una pena de dos años de cárcel. En cuanto al daño provocado al joven, por razones desconocidas hasta para su humilde narrador, fue completamente ignorado.
El gran migthy man
Jeff estaba con su trapeador en el piso. El vómito de adolescente enfermo era difícil de quitar. Lavado por tercera vez, el trapeador apenas estaba dejando su asqueroso hedor. El último maestro estaba en su escritorio dentro del aula, calificando el último examen de sus decepcionantes estudiantes. Luego de un suspiro y un movimiento de pluma para dejar la calificación final, dejó al despistado conserje solo sin despedirse siquiera.
Con el suelo tan lustroso que hasta podrías caerte si te descuidas, tomó todos sus instrumentos de limpieza y llevó el carrito cargado, primero al umbral de la puerta. Luego al fondo del pasillo al pequeño almacén. Abrió el pequeño armario donde colgó su uniforme, tomó su traje normal, y más importante, su verdadero trabajo.
El gorro, tan a simple vista, viejo y polvoso, es la fachada; lo coloca sobre su cabeza y el traje ajustado rojo y amarllo otorga a Jeff la fuerza de Hércules, la velocidad de Hermes y la sabiduría de Atenea. Con este objeto es más de lo que jamás fue o será. Es Mighty man.
Corre de inmediato a patrullar la ciudad. El grito de una dama le llama, un asaltante intenta robar su bolso. Sin detenerse, retira el bolso de las manos del miserable, lo devolvió a la dama, sus pies giraron sin perder un solo gramo de energía cinética solo para empujar al ladrón; quien tardó varios segundos en procesar el momento en que su cara se estampó contra el suelo.
Mighty Man dio un leve golpe detrás de su cuello, haciendo que perdiera el conocimiento. La mujer quedó completamente estupefacta. Mighty man cargó el cuerpo inconsciente solo para llevarlo a la comisaría, con la mujer gritando su gratitud ante su inesperada y eficiente ayuda.
Luego de dejar tras las rejas al infame, volvió a su rutina de patrullaje. En un escaparate de muestra, donde hay múltiples televisores, una fatídica imagen en un noticiero se mostró; en un acantilado a 30 kilómetros de ahí, un derrumbe dejó enterrado bajo una pila de rocas a muchas personas, niños incluídos.
Trotó a máxima velocidad y en cuestión de minutos arribó al sitio. A su llegada había varias ambulancias y policías, quienes dejaron de mover las piedras enseguida que lo vieron. Los noticieros enfocaron en primer plano la llegada de su héroe.
Uno de los bomberos lo guió al sitio extracto donde se escuchaban voces; una roca gigante creó una pequeña burbuja dentro de todos los escombros y algunos se libraron del desastre. De manera que levatando esta sola, debía sostenerla para que todos cruzaran.
La piedra era tan pesada que apenas la pudo alzar empleando el cien por ciento del músculo de su cuerpo. Una mujer se acercó a unos metros mientras detrás la cámara transmitía en vivo ante millones de espectadores la proeza de fuerza y bondad.
Un hombre mayor fue el primero en salir, le dieron una manta y lo llevaron de inmediato con los médicos. Mighty Man pidió que salieran uno por uno, ancianos y niños primero. La segunda fue una mujer asiática con un niño de alrededor de tres años en brazos, en el umbral de la roca se detuvo para dar las gracias. Mighty Man se agachó ligeramente para indicar que recibía el agradecimiento cuando, en un descuido, el infante quitó de su sitio el gorro del héroe.
La lluvia que empezó antes
Hace dos semanas viste dedos, la semana pasada, dientes, y el día de hoy, estás viendo la ventana. La danza de las nubes grita en silencio que la lluvia está por comenzar. El umbral te divide de aquello que empezó a caer del cielo hace algún tiempo. Tu madre llegó, colocando la cortina frente a ti en un movimiento. Te alzó en sus brazos, sientes la presión de tu estómago contra su hombro mientras te lleva hacia el sofá a un par de metros de distancia. Con delicadeza te bajó, explicando en susurros algo que no puedes entender, pero que sientes que te tranquiliza. Acarició tu cabeza, alborotando tu cabello y dejando desorden agradable en tu cabeza.
Entre las sombras de la oscura habitación, viste la silueta moverse hacia el frente. La televisión alumbró levemente el castaño cabello de tu madre, aquella que te trajo al mundo hace poco, uno que ha cambiado notoriamente rápido.
—No te levantes por favor— Movió las perillas. Los canales llenos de estática. Imágenes poco formadas. Sonidos confusos que parecían palabras cortadas, pasaban como páginas al azar donde solo viste sílaba tras otra.
Sintonizó un programa sencillo, uno que, de hecho, recuerdas haber visto en compañía de alguien hace un tiempo. La caricatura en cuestión trataba de un niño que se perdía en un bosque y buscaba cómo regresar a casa. Escuchaste sus pasos alejarse, el eco, cada vez más bajo, te indicaba que subía, culminando con el chirrido y golpe seco de una puerta. El niño detrás del cristal veía a su alrededor, prestando especial atención a los árboles en búsqueda de pistas, de sitios por donde ya había pasado.
Te levantaste, caminaste por la densa alfombra, casi caes al hundirte esta. Llegaste a las perillas del aparato casi arrastrando los pies. Bajaste el volumen lentamente, de tal forma que aún era audible, pero te permitía también escuchar con mayor facilidad lo que estaba a tu alrededor. Justo al lado de la televisión, un rectángulo reflejaba algo de luz. Lo tomaste con ambas manos viendo detalles del cuadro. Tu familia, completa en un fondo negro. Tu mente se transportó a aquel momento, y conectaste con quién habías visto esta película.
Tu hermano mayor, ¿Hace cuanto fue? atinaste a preguntarte. ¿Cuándo se había ido? Miraste los detalles, tenía un traje negro miniatura, a medida de su pequeño cuerpo. A diferencia de tí, tiene pecas, una sonrisa con hoyuelos y un lunar en la mejilla izquierda, pero no era el único. El más interesante era en su ojo, sí, en el iris de su ojo izquierdo tiene también uno.
Dejaste el cuadro en su lugar. La puerta de arriba se abrió, alguien venía. El cuadro cayó sobre la mesa boca abajo. Corriste deprisa hasta el sofá, te lanzaste y simulaste haber estado siempre ahí. Paso, paso, el frío llenó la habitación. Cerraste los ojos. Los pasos, antes entrecortados, se volvieron constantes. Sentiste una cobija rodeando tu cuerpo, el calor te rodeó. El sonido del televisor se volvió difuso, dejaste de escuchar.
Golpe, golpe, abriste los ojos. ¿Alguien llamó a la puerta? Otro golpe, y otro y otro. Una lluvia de pequeños golpes arreció sobre el techo, las paredes, cada rincón de la casa se convirtió en una orquesta desentonada. Te levantaste directo a la ventana. La inusual lluvia de hoy te vio; ojos. La puerta se abrió, un tono de voz, enojado y paternal, te habló pero no distinguiste. Un rayo acompañó la siniestra sinfonía. La cegadora luz, en el segundo que te permitió contacto visual, te regaló la visión de un ojo con un lunar.
La adicción indeseable
—Muy bien señora Ramirez, solo recuerde poner el ungüento dos veces a la semana hasta el fin de mes y desaparecerá.
Estrechó la mano con la mujer mayor, quien agradeció con un gesto y dejó el dinero sobre la mesa. Ya no recordaba cuántas personas había visto ese día, pero sin duda el doctor Edwin estaba sumamente cansado, solo esperaba que la hora terminara para poder al fin regresar a casa y descansar. Quizá ver el final del partido, o simplemente ver que video o película encontraba por ahí. Suspiró esperando, la próxima persona se estaba tardando, quizá no había nadie y podría salir a fumar.
Se detuvo en seco en la entrada, apoyándose sobre el borde, mirando al siguiente paciente sentado, con la cabeza casi calva baja y sus manos cubriendo su nuca, moviéndose, dando impresión de estarse rascando de forma extraña.
—Disculpe, ¿Se atenderá?
El hombre, tan ensimismado en lo que sea que estuviera pensando, tardó más de lo esperable en responder. De manera torpe y descuidada afirmó con la cabeza, a la par que se levantaba hacia el consultorio. El doctor se hizo a un lado para que pasara, notando más de cerca el olor a cigarro y sudor que emanaba de su piel, consideró pasarle el problema a alguien más, pero tenía curiosidad.
Se sentaron uno frente al otro. Ya en su escritorio, Edwin sintió esa confianza que su puesto le confiere, y viendo que el sujeto no decía ni palabra, lanzó la pregunta evidente.
—Buenas tardes, ¿Qué se le ofrece, señor?
Levantó la cabeza sin dejar de sostenerla con las manos.
—Tiene que ayudarme doctor —tosió cubriendo su boca, sin mover la otra de su lugar—Tengo un severo problema de adicción, no sé cómo dejarlo.
—No considero pertenecer al área médica necesaria, pero veré que puedo hacer—dijo mientras posaba su cabeza en la palma de su mano –¿De qué se trata?
—Por favor, no se ría, sé que esto es… —se cubrió, evitando toser. Muy extraño, pero… soy adicto a las cumbias.
Dejó de posar en su mano y miró fijamente, quizá escuchó mal.
—¿Disculpe, puede repetir lo que dijo?
—Sí señor, sé que puede sonar estúpido, pero verdaeramente, soy adicto a las cumbias.
—¿La música? ¿El género musical? — Dijo, mordiendo su lengua para evitar la risa y cubriendo su boca.
—Sí señor, disculpe mis modales, ni siquiera pregunté su nombre, el mío es Andrei.
Dio una profunda respiración antes de contestar —Edwin, un gusto.
—Ese es mi problema doctor, le he pedido ayuda a amigos y familia, pero solo se ríen y dicen que estoy demente, y empiezo a creer que sí.
—Calma, ¿Podría decirme cómo fue que todo comenzó y porque asume que es adicto a esto?— respiró profundamente de nuevo, le costaba mantenerse serio.
—Sí, señor Edwin, hace más de dos años conocí un tremendo grupo del género con una canción muy famosa, segura la conoce, habla de una chica de 12 años al tener su primer novio. La versión moderna es de una antigua adaptada a estos tiempos, ya sabe — cerró los ojos y su rostro expresó cierto gusto, al notar el movimiento rítmico de su pie, se aferró con fuerza a su pierna y la detuvo en seco — Con el tiempo me expandí escuchando otros grupos, en las mañanas, en las tardes y noches, mientras me duchaba y hasta mientras me masturbaba.
Golpeó la mesa, le estaba costando más de lo esperado. Ell señor Andrei se calló, preguntó si algo había de malo.
—No no, disculpe, solo que la situación es tan inusual que me cuesta entenderlo, yo me disculpo por la interrupción, adelante.
—Sí, como decía se volvió un ritual para mi escucharlo y bailar en todo momento, hace un mes noté que mientras intentaba dormir mis piernas se movían, incluso en mi oficina, donde no escucho música por cuestiones de ambiente laboral, empecé a escuchar de forma espontánea mixes de las mejores canciones que he escuchado, casi como un esquizofrénico, mis capacidades sociales y de atención se empezaron a reducir, incluso ahora escucho esas malditas canciones.
Terminó esta oración, volviendo a poner ambas manos en su cabeza, mientras apoyaba sus codos en el escritorio del médico, tardó unos momentos en hablar, pues realmente no sabía qué decir y le costaba no carcajear.
—¿Puedo saber si ha intentado otras soluciones?
—Sí, bueno, un clavo saca otro clavo dicen por ahí, intenté cambiarlo por fumar, mejor arruinarme un poco los pulmones que no poder hablar con alguien, pero no funcionó, solo me duele la garganta, me da asco y me siento irritado.
—Comprendo, veamos, no soy un experto en el tema, pero en los aspectos básicos de psicología que conozco, la manera de quitar un condicionamiento de su tipo es saturarse del mismo, a tal grado que su cuerpo ya no reaccione ante ese estímulo, escúchelo en todo momento, y de preferencia las que mencionó que no dejaba de escuchar en su cabeza, si esto no funciona, vaya a un especialista de ello, ósea un psicólogo.
—Muchas gracias doctor — dijo metiendo la mano a su cartera. El doctor solo hizo un ademán para que se detuviera, él asintió, agradeció de nuevo y se retiró.
A la mañana siguiente, nada más acercar su auto al consultorio, vio en la entrada al señor Andrei. Se estacionó doblando la esquina, a un par de metros, pasó una mano por su rostro y se serenó dando respiraciones, apagó su cigarrillo en el cenicero y se bajó, pensando en qué le diría.
—Buenos días señor Andrei, ¿Está bien todo? —Dijo mirando al señor Andrei, quien daba brinquitos y no dejaba de temblar.
—Señor Edwin, gracias a dios que llegó, escuche, intente aquello que me dijo, desde que entré a casa puse a todo volumen la música, limpie toda mi casa y me la pase viendo la tele y otras cosas mientras seguía escuchando todos los discos que tenía, pero no funcionó, nada, diría incluso que empeoró, no puedo dejar de moverme.
—Me percato. Escuche necesito que se retire, le comenté lo que asumí funcionaría, debería ir con —Andrei extendió un fajo de billetes frente a él.
–Deténgase, mire, quiero evitar registros de esto, solo quiero curarme y ya, sé que usted puede hacerlo, mire, le pagaré esto y más, solo atiéndeme todo el día, con lo que se le ocurra.
Miró el fajo de billetes por un momento, como abstraído. Cuando logró recomponerse asintió con la cabeza y mencionó que iría por algo a su auto que podría ayudar.
Luego de poner el cartel de “cerrado ”, se pusieron en acción. Edwin trajo de su auto una bocina inalámbrica y un taser, sí, esto podría ser un poco ilegal, pero seguramente funcionaría.
Cerró la puerta de su oficina, mientras buscaba lo mejor de las cumbias en una app genérica de música. Encendió la bocina y la sincronizó, pensando en cómo explicar lo que se haría a continuación.
—Bien, ahora lo que haremos es lo que siempre se hace; crear asociaciones, lo sentaré en esta silla, se quedará lo más quieto posible, pondré la música por un largo período de tiempo. Suponiendo que esto funciona igual que el alcoholismo, tardará un buen rato en llegar a ese momento de éxtasis que busca, una vez llegue a este, le daré descargas eléctricas, de forma repetida y constante, así durante estos momentos de éxtasis, y creará una asociación desagradable a la música.
—¡Brillante! aunque suena que me dolerá… ¿Es seguro?
—Claro que lo es, es un taser después de todo, está hecho para inmovilizar y puedo reducir su potencia, aunque deberemos de ver en qué punto siente dolor, en su justa medida.
Tras varias experimentaciones, mientras esas infernales canciones se reproducían, el dolor se manifestó, el chispazo del aparato con los gritos de aquel hombre hacían un sonido desagradable mezclado con la música, si el cuarto no fuera insonoro la policía estaría fuera a punto de arrestar al negligente médico. Tenían todo listo para empezar.
Ya teniendo calibrado el aparato, se apartó, mirando solamente, esperando su indicación, cuando el nirvana se manifestara en sus oídos y sistema nervioso. Andrei se quedó sentado, esperando el momento, repleto de sudor y fatiga incalculable.
Pasaron más de 4 horas hasta que, finalmente, el rostro de Andrei mostraba una sonrisa. A pesar de estar sentado, todo su cuerpo se movía al son de la música, con sus ojos cerrados y tarareando la canción pegajosa, el ritmo de la batería se mezclaba perfectamente con el bajeo, él mismo Edwin no podía evitar disfrutarlo.
En ese momento se acercó rápidamente, en un movimiento, insertó por varios segundos la sonda eléctrica en su pecho, lo retiró y esperó a que la sensación se reanudara. Repitió el ritual e hizo esto a lo largo de 2 horas más.
—No más —dijo Andrei, sosteniendo la mano del buen doctor y el pecho con la otra. El doctor fue a su celular, parando la música.
—¿Está completamente seguro?
—¿Tiene audífonos?
Le prestó unos viejos audífonos que tenía guardados en su escritorio, los conectó a su celular y colocó la de 12 años, la expresión de asco y reacción de dolor en el pecho del señor Andrei corroboró sus ideas, no se había equivocado, claro, pensaba mientras secaba el sudor de su frente y borraba la idea de una posible demanda.
—Es usted milagroso Doc —Extendió el fajo de billetes previo, más unos cuantos dólares extras que puso con enorme gratitud, estrechó con ambas manos mientras daba el pago— Sabía que podía, maldición estoy curado, estas son buenas noticias, iré a celebrar, mi querida Jenny regresará conmigo cuando lo sepa —Salió brincando del consultorio.
El doctor estaba cansado en más de un sentido. Se subió a su auto, encendió un cigarrillo, tosiendo fuertemente, el olor, el sabor, sentía un asco tremendo, supuso que el cansancio impedía disfrutar siquiera eso. Lo tiró por la ventana y encendió el motor, la estúpida canción se seguía reproduciendo. Según él, la había apagado. Tomó la bocina del asiento de atrás donde la había arrojado, efectivamente, estaba apagada.
El concurso de Krispin
Krispín el cordero caminaba por los alrededores de la granja sin nada que hacer, pastó por aquí y allá, bebió antes de regresar al granero. Nada más entrar vió a Lester, el pura sangre y orgullo del granjero, que se mecía sobre una pelota enorme y justo sobre su nariz balanceaba un mini monociclo. Las gallinas, los cerdos y los perros hacían escándalo ante el espectáculo; había una clase de show de talentos improvisado. Lester fue el primero y dejó la vara alta.
Denis, el fiero gallo, se colocó unos tenis de Jazz que el granjero, misteriosamente, había pérdido hace varios meses, ahora sabes por qué, pero mantén el secreto entre nosotros. De una de las bocinas empezó a sonar una estridente canción pop noventera cuyo nombre no mencionaré por los derechos de autor. Los pasos de Baile de Denis quemaron la pista; sus pies se movían hacia el frente mientras se deslizaba hacia atrás. El sonido de los zapatos rítmicamente era un instrumento adicional a la música de fondo, perfectamente sincronizado.
Ante el espectáculo, Krispin la oveja no dejaba de pensar, ¿Y el granjero? Giró sus ojos a la esquina de la habitación; yacía el granjero con un chichón del tamaño de una montaña en la cabeza. “Haaa” fue todo su pensamiento. No dio tiempo a reaccionar cuando la perra, Laura, subió a la tarima. Se puso a monologar acerca de lo que comió el día anterior cuando empezó a tener retortijones estomacales, puso su pata en el vientre y de su hocico salió una tela larga que empezó a jalar; al llegar al final, en el borde de este había una bola de acero que empezó a girar. Una compleja danza y saltos de gimnasia siguieron mientras ladraba de forma entonada una canción clásica de un autor cuyo nombre olvidé.
Krispin cerró la boca que no se dio cuenta que tenía abierta hasta ese momento. El presentador, Frank, el burro, dio un interludio de dos horas. Dijo que algún otro animal podría entrar si quisiera y sería decisivo, puesto que se decidiría en un jurado si el premio se lo llevaba alguno de los animales ya pasados o, quizá, el afortunado y talentoso animal del final, si alguien se animaba. Dijo esto último con tono retador, claramente en un intento de instigar a todos.
Krispin tuvo una epifanía. Corrió de inmediato y le dijo a Frank que contara con él. Se alejó, lleno de valor y confianza. Haría a todo el mundo feliz con su don, lo tenía claro. Tenía claro que no tenía nada con qué trabajar.
Se fue a las afueras de la granja, donde tendría privacidad. Lo primero que pensó replicar a su manera alguno de los espectáculos, destacando el vómito mágico de Laura. No por nada sino que ya tenía experiencia comiendo tela y no le fue nada bien.
Vio el árbol cercano, de un saltó intentó sostenerse de la rama más cercana; se rompió y cayó junto con la rama Adolorido, tomó la rama del piso e intentó sostenerse de una pata sobre esta, o eso intentó. Se balanceó hacia arriba intentando impulsar su cuerpo sin éxito. Se acostó en el pasto, se levantó, caminó; estaba en blanco.
Caminó de vuelta al granero, quedaban menos de 15 minutos para empezar, ni siquiera se había dado cuenta del tiempo y encima aún le dolía el cuerpo. Frank se acercó a Krispin, explicando que nadie más se apuntó y él sería el gran final para rebatir el primer lugar. Empezó a sudar mientras decía con voz nerviosa que sería inolvidable para todos. A todo esto, no sabía que los corderos sudaban.
El granjero estaba a punto de levantarse, Krispin lo señaló a Frank mientras le decía “Noo, se arruinó el show”. El torpe movimiento del granjero John le dió tiempo a Frank para caminar con total tranquilidad a la pared. Tocó un botón de esta y una herradura cayó en su cabeza, haciendo que el chicón fueran dos montañas encimadas ahora. Le dio una señal con la pata que Krispin no entendía. Frank se dió cuenta y le dijo “Es un pulgar arriba, ya sabes, no tenemos, bueno, tienes la idea”.
Todos se reunieron, había incluso más animales. Habían invitado, por razones desconocidas hasta para mí, y te recuerdo que soy quién está escribiendo esto, a animales de granjas aledañas. Frank pensó que más animales se inscribirían.
Todo el público se conglomeró alrededor de la pequeña tarima montada. Un bullicio animal de muchos sonidos combinados se escucharon. Frank salió a anunciar al último concursante, la última carta, quien cerraría el show y haría dudar a los jueces. Todo muy humilde. “El nombre es Krispin” gritó. Todos gritaron ese nombre al unísono.
Krispín estaba al borde de un ataque ansioso. Ahora, estimado lector, tanto usted como yo sabemos que los animales pueden sufrir tal cosa como un ataque de ansiedad, ya tendrás un tema de conversación para romper el hielo alguna ocasión. Como sea, Krispín estaba abajo de la tarima, fue empujado con fuerza por Frank. Justo enfrente estaban los jueces, una gallina de una granja externa que no conocía, Dick, el hamster mascota del granjero, y un pez del lago local, que nadie comprendía ya que nadie hablaba pez, pero ahí estaba.
Al lado de estos, los tres concursantes iniciales, con expresión de enojo. El público rápidamente bajó todo su barullo; el frío del silencio llenó la estancia. Estaba a punto de dar un salto alto en un vano intento de dar una voltereta; pero el dolor de sus patitas al movimiento le recordó que no. Alguien tosió de fondo. Frank, en el público, le hizo otra seña que tendría sentido si tuviera dedos. Y empezó a hablar; “FRANK, ENTIENDE, NO TIENES DEDOS”. Risas leves se escucharon. “Sí, porque los humanos son raros, ¿No? pero más aún un animal imitando humanos, ¿Se imaginan al granjero pastando mientras lo ordeñan? encima su única ubre está toda rara”. Las risas aumentaron de a poco.
La mente de Krispin se cebó; solo escuchaba risas y más risas en el fondo. Hablaba y hablaba mientras escuchaba como todos, incluso su competencia, caían de los asientos con sus hilarantes ideas. Terminó con un monólogo que se extendió 10 minutos y bajó. Lo equivalente a aplausos lo despidieron con gran emoción. Krispín no logró ganar a Laura, quien ganó el concurso, pero sí ganó algo más importante; Que el espectador decida, no le puedo decir todo, por favor.
La carga del payaso
Mario caminaba de regreso a casa. Entre las calles húmedas de la lluvia reciente no dejaba de ver el piso en su andar. Tratando de no resbalar en el asfalto mojado. Eran casi las 10 de la noche y las penumbras de las calles no ayudaban su trayecto.
La única luz que iluminó su camino fue una tienda de conveniencia sin nombre, cuyo cartel luminoso se había borrado hace tiempo.
Se detuvo a comprar un café en una tienda de conveniencia. La máquina hizo un zumbido mientras rellenaba el vaso. Entre los rastros de la espuma vio su reflejo en el líquido; un triste payaso. Tomó un sorbo para rebajar el exceso y colocó la tapa, dejando manchado el contenedor con su maquillaje.
El tendero, despreocupado, atendió mientras el payaso miraba el mostrador en su totalidad. De forma automática pidió un billete de lotería y un periódico. Lo entregó junto mientras cargaba la cuenta.
El payaso pago con un billete grande. Esperando su cambio rasco con las uñas el boleto. ignorando los restos que quedaban bajo las uñas. 17, 24, 65, 12. Fueron los números revelados.
En el periódico, el premio mayor correspondía a esos números. El café se cayó en el mostrador. 17, 24, 65, 12.
En su mente esos 10 segundos mientras el tendero, molesto, alzaba la voz, fue eterno, y la voz insignificante. Repitió lo que le pareció hasta 50 veces esos números para estar seguro. Había ganado 45 millones.
Se fue corriendo con el boleto y el periódico en mano. Dejó el café y el cambio.
Llegó despertando a su esposa por el bullicio. Hablaba en monosílabos y no sé entendía que quería decir, menos aún por la somnolencia de su mujer. Encendió las luces y la agitó. Cuando podía pronunciar enunciados y ella procesaba palabras completas le explicó. Al inició rió, naturalmente, era un payaso. Mostró el boleto y el periódico diciendo que no era un chiste.
Empezó a hiperventilar. Puso sus manos en el pecho de la emoción. Él la cargó mientras bailaba. Fueron varios minutos de júbilo. Cuando se detuvo estaba floja, como si se hubiera desmayado. Pero no era consciente hasta más tarde, cuando llamó la ambulancia que la había cargado el payaso.
Pablito al rescate
—Y entonces es así que crecen las plantas— Dijo la maestra mientras señalaba con su puntero láser una imagen proyectada en la pantalla, una planta con varias cosas alrededor de esta.
Pablo levantó la mano, una cosa le extrañó. La maestra señaló a Pablo, indicando que podía hablar.
—¿Por qué tiene clavos en el suelo, maestra?
—El hierro ayuda a las plantas a crecer, Pablito.
Pablito asintió con la cabeza. Le estuvo dando vueltas. Pensó en que podría comer tornillos para crecer más rápido. Ponerlas a su rebanada de pizza para que se hiciera más grande. Llegó a casa y fue al almacén de herramientas de su padre. Tomó varios clavos y se los guardó en los bolsillos. Buscó un martillo y fue por su casa, estuvo buscando qué era digno de hacer crecer.
Llegó al cuarto de sus padres, donde su papá estaba durmiendo, era su día libre. Tras revisar varias cosas del cuarto, el sol le dió la respuesta. Entrando ligeramente a través de las cortinas. Admiró la reluciente calva de su padre. Colocó el clavo en el centro y martilló.
La brisa del esqueleto
—Espero que aprendas tu lección Adán, estarás aquí una hora como castigo—. Dijo el profesor Rafael cerrando la puerta detrás de él, el sonido de la llave girando suena en el eco vacío del salón. Ni siquiera sé si es legal que me deje encerrado pero tampoco me importa mucho, otro castigo más, bueno, sí hay una diferencia, la única en realidad, estoy en el salón de ciencias naturales esta vez, la sala de castigos está en remodelación.
Observo por la ventana, el sol está cayendo y un perro camina hacia el horizonte ocultándose entre los edificios, la sombra que estos proyectan terminan por cubrirlo desapareciendo por completo. El salón no es más prometedor, quitando las luces blancas que lastiman mis ojos, no hay mucho. Un mueble repleto de libros de texto de temas que claramente no me interesan, y el escritorio del profesor está a lo lejos con un globo terráqueo a su derecha y a su izquierda junto a la ventana hay un esqueleto.
No traje nada para entretenerme, será una hora muy aburrida. Me levanto para caminar, aunque fuera alrededor del salón, camino entre la loseta cuadro a cuadro sin pisar las fisuras, al llegar a la ventana veo hacia abajo y no hay más que arbustos y concreto. Hasta me pregunto si me lastimaría al caer o los arbustos me amortiguarían ya que se ven frondosos. Dando vueltas por el salón presto atención a algo, el profesor Rafa quizá había confiscado algo que habría dejado en su escritorio.
Me encuentro cara a cara con ese esqueleto, estático en ese lugar, esas cuencas vacías parecieron tener algo dentro por un momento. Me dirijo al escritorio dándome unos golpecitos en el pecho mientras me digo a mí mismo “veamos que hay” como una forma de expulsar esos pensamientos. De todas formas voy por el lado opuesto al esqueleto, pongo a girar el globo terráqueo y mientras este avanza abro el escritorio; una canica, unas cuántas cartas de póker, un plumón, y bueno, quizá lo único que vale la pena, una bolita de chicle. Lo tomo junto al plumón e imagino algo para dibujar, el profesor Rafa tomando un vaso de cloro suena divertido.
Coloco mi mano en la pizarra, deslizo el plumón e intento darle forma. Siento una abrasadora brisa fría y mis brazos empiezan a temblar evitando que el trazo salga como quiero, debí traer un suéter. Borro con los dedos cuando un escalofrío me recorre la espalda. “Basta” se repite en mi mente mientras me acerco. La ventana al lado del esqueleto está ligeramente abierta, pero estoy bastante seguro de que no lo estaba hace un momento. El eco de mis pasos se ahoga rápidamente mientras me aproximo, tomo la ventana para cerrarla cuando creo ver que, por un segundo, la cabeza del esqueleto baja.
Retrocedo sin perderlo de vista, mis piernas encuentran límite chocando contra un pupitre, está ahí, frente a mí. La brisa se siente más fuerte, el frío crece aquí, incluso lo siento dentro mío. Tomo torpemente bocanadas de aire para calmarme, me muevo alrededor, estirando cada parte de mi cuerpo para entrar en calor. Saco el chicle y lo mastico con desesperación, el dulce sabor de la fresa sintética recorre mi paladar y me tranquiliza un poco. Agarro fuerza para acercarme a cerrar esa ventana, en un movimiento rápido estampo el cristal y me alejo. Esto es tan… ridículo, no puedo sentir miedo de un plástico sintético como ese.
Voy directo a él intentando ignorar la voz que me pide alejarme, sé que es un despropósito pero quiero vencer este miedo irracional. Voy a la parte de atrás del esqueleto y tomo sus brazos, moviéndolos como si estuviera bailando. Flexiono su pierna hacia atrás de tal forma que parece que se da una patada a sí mismo. Me acerco a su cabeza para girarla igual al globo terráqueo, me pongo de frente y mis manos a cada lado de su cráneo. Volví a sentir la fría brisa incluso más fuerte que antes, a mi lado noto ambas ventanas cerradas pero la brisa persiste en mi mejilla. Y entendí que se trataba de una respiración. El frío me está invadiendo, bajo la mirada para ver su mano, el esqueleto está indagando dentro de mis entrañas. Un grito se ahoga, el dolor es indescriptible, una de mis costillas es arrancada, con su mano libre toma una de las suyas y la pone en mi interior donde acaba de arrebatarme la mía.
Los pasillos de la escuela están bastante silenciosos a esta hora, el único presente además de mí, es Adán. Ese muchacho, estoy seguro que no será la última vez que lo castigaré, se acabó su hora de calabozo y como haya tocado alguna de mis cosas le daré 3 horas más. Introduzco la llave en la cerradura, el pomo se siente inusualmente frío, detrás del cristal de la puerta solo veo al joven Adán, sentado con una mirada ausente, quizá se había resignado. Giro para entrar—Es todo por este día, compórtese joven, la próxima no seré tan clemente. Sin recibir réplicas ni objeciones se levanta, aunque su andar es torpe y mantiene su mirada baja de una forma inusual, pasa por delante de mí como si quisiera levantar la cabeza sin poder. Es tarde y paso de complicar las cosas, ordenaré brevemente mi escritorio para retirarme. Borro los rayones que dejó en el pizarrón y levanto el esqueleto que dejó en el suelo, lo coloco de pie pero noto algo en la boca que está cerrada. Sin duda lo castigaré nuevamente, dejó un chicle masticado dentro de la dentadura.
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