Recientemente me enfrenté por vez primera a un reto que no me había sucedido antes; perdí mi rutina. Me mudé a otro sitio completamente nuevo y, meditando un poco de lo que hice, me percaté de inmediato que aunque gustoso, no dejaba de sentirme algo desorientado. Hasta este punto en mi vida todo había tenido una idea y direcciones fáciles de seguir. Mis estudios eran cursar materias hasta concretar el año y conseguir título. Antes de mi boda se trató de ahorrar y por ende conseguir un trabajo que me permitiera tener algo de dinero. La iglesia estaba siempre ahí, cimentado en sus respectivos días y horarios. Pero ahora, sin casi ningún conocido, sin trabajo aún, y apenas encontrando un templo para congregarme, me he dado cuenta de lo severamente importante de los rituales. Llamados vulgarmente como simplemente rutinas. Una serie de actos que, sea por mero gusto o entera necesidad, realizamos en determinados días y horas. Y joder, que fácil es odiar la rutina a veces, lo comprendo y clar...
Toda persona que escribe en algún punto, sea por hobby o por alguna situación académica, se ha enfrentado a una hoja en blanco. Digital o física no puedes evitar verla, sabiendo que te regresa la mirada, esperando a que decidas iniciar lo que sea que debas o quieras en su superficie. Me atrevería a definir esta situación casi como un juicio, donde necesitamos empezar a plasmar nuestro caso, y la hoja, el juez neutral y siempre recto, juzga con severidad lo que sea que anide dentro de nuestra mente. Una palabra, una letra, o incluso una sola línea se colocan, para darnos cuenta de que estamos bloqueados y de ese estado es casi una batalla perdida intentar continuar. Como leyeron en el título hablaré brevemente de mis experiencias enfrentando al quizá peor enemigo de un escritor, no el bloqueo creativo, si no, la hoja en blanco. Ante esta situación siempre he escuchado la misma respuesta. "Pues es cuestión de empezar a escribir y lo demás viene solo. Escribe lo que sea". Cierta...